La dimensión sociología de Tito Rojas

1545991505273949-bc4a5cefd0326a65430cfcb0c1e1ad27-1200x800.jpg



Las ciencias sociales reconocen que hay múltiples maneras de acercarnos al estudio de la música popular, considerando que el arte siempre nos provoca –y evoca– preguntas simples y complejas. Al final, el valor está en reconocer por qué una sociedad produce cierto tipo de música en un periodo histórico determinado; y cómo pueden estar relacionados entre sí las estructuras musicales, sociales y culturales a la hora de elaborar una obra.

Desde esa dimensión, podríamos hablar de los fundamentos racionales y sociales de la música, como argüía Max Weber. O como indicó el sociólogo alemán Theodor Adorno, proponernos mirar la creación musical como una descripción de la sociedad presentando el arte de la música como una crítica social desarrollada a través de la esfera artística.

Al margen de este encuadre teórico, y sin menoscabarlo, hay una dimensión que nos conduce a otra apreciación estética del arte musical y sus exponentes. Es la relación de la obra con el goce, el placer y el humor. En fin, el espacio lúdico. En ese sentido, el pensamiento filosófico revela la existencia de ese vínculo estrecho entre placer y sufrimiento, goce y angustia, remontado a los orígenes de las civilizaciones y expuestos, de alguna manera, en la creación del arte popular. Así, desde la antigüedad, se contempla esa relación de resignación y hasta del dolor envuelta en escenas de alegría que, en muchas ocasiones, encontramos retratadas en las canciones que comprende nuestro pentagrama popular, la salsa y en particular la obra de nuestro Tito Rojas.

Esta apreciación, desde luego, requeriría de una exposición más abarcadora para exponerla con detenimiento. Dicho eso, no es nuestra intención abordarla aquí, aunque nos sirve de una punta de lanza significativa para mirar, desde la academia, el maravilloso trabajo que ha desarrollado en sus más de 30 años de carrera artística Julio César Rojas López, nuestro Tito.

Tito encuadra perfectamente en ese paradigma del arte lúdico. Es la canción que evoca al goce, al placer, al amor que se anhela, al amor que se reclama por perdido y se llora. En Tito hay una exposición lírica que recorre las fronteras del despecho, en la que el varón sufre en su cobardía y se rinde al desdén para reclamar que “por mujeres como tú, hay hombres como yo”. O aquel que tras la pérdida busca “detener el tiempo en una habitación” para “pensando en lo que te amé” pedirle que vuelva y que, de paso, lo condene a su amor porque está “rendido”.

Es el intérprete que se atreve a aceptar las derrotas y confiesa que “ha chocado con la vida tantas veces, sintiendo que lo derriban” pero, ha sabido detenerse a tiempo “en el pare de la luz roja” para, de frente al sol, vencer las desventuras y volver a vencer la “tormenta de amor”. Es también el que canta al “amor del bueno”, a la “América” en que nació.

A Tito lo podemos definir como un personaje vivaracho y gracioso. Su tránsito por los escenarios musicales ha destacado no sólo por sus cualidades interpretativas sino por ser poseedor de una inteligencia callejera que lo identifica con la gente. Es certero en sus aproximaciones a las incidencias cotidianas, capaz de reírse de sí mismo, reafirmado un sentido del humor que se hace imperante en tiempos de desolación social.

Es su expresión “performática” es común escucharlo pronunciar frases salpicadas de jocosidad, mas su candor lingüístico no es desidia, sino una manera de decir las cosas de la forma más sencilla de entender, sin verbos rebuscados que confundan y procurando sonar siempre natural y espontáneo, como son sus conocidas expresiones de: “Dale pa’ bajo”, “Perdona sae”, “Claro, bruto” y “Coge pa’ tu casa”.

Con Tito, y gracias a él, la salsa traza el significado de una experiencia social interesante, que llega hasta el agotamiento del verbo, elevando su espontaneidad y su perpetua imaginación volcada en los parlattos de sus canciones.

Su voz es áspera y profunda, resaltando por sus modulaciones extensas y roncas, simulando el arrastre de los versos, en abierto desafío a la eufonía. Su imagen, en cambio, es la del hombre impetuoso, gallardo y bizarro que en la interpretación de temas que cantan al amor y sus dualidades ha incidido con fuerza en la salsa, manejando con agudeza la línea fronteriza de la modalidad romántica y el sabor de antaño. Una representación muy atinada a su apodo de “Gallo Salsero”, bautizado así por su compadre Justo Betancourt, en alusión a las expresiones derivadas del mundo de la cultura gallística, en la que el buen gallo de pelea –el gallo casta’o– no se huye, combate hasta el final y realiza las más fieles de las representaciones.

Al paso de los años, Tito ha evolucionado musicalmente, realizando fusiones, interpretado rancheras, boleros y temas navideños, sin apartarse de su sonoridad y enfocado siempre en complacer a su público. La fuerza rítmica que evoca su presencia ha contribuido ha mantener viva la tradición de la mejor escuela salsera dentro y fuera de Puerto Rico, convirtiéndose en el primer salsero en visitar la tierra de Israel, o siendo un ídolo en la península de España y ni hablar de su arraigo en Panamá, Colombia y Venezuela, méritos suficientes para ostentar la titularidad de emisario salsero.

En sus más de treinta años de historia ha acumulado decenas de distinciones por su trabajo musical, mas el éxito no le ha robado ni un ápice de su sentimiento pueblerino, esa enjundia de ciudadano común, de la esquina del barrio, siempre accesible, sencillo, cariñoso y simpático. Siempre ha sido así, desde sus inicios hasta el presente. Es, en síntesis, una de esas adorables figuras de la canción popular que no ha quedado deslumbrada por los flashes de las cámaras que, en muchos casos, enloquecen a los artistas y le hacen creer que vagan por encima del resto de los mortales. En Tito, en cambio, la humildad es la orden del día.
Aun cuando es un afamado salsero, sus raíces están trazadas en la música campesina y los boleros en formatos de tríos, canciones de velloneras que le sirvieron de aliento durante su niñez y adolescencia cuando asistía a su padre en la dura faena agrícola que, tras la cosecha de ñame, plátano, yautía, realizaban para sacar adelante una familia.

Su tozudez en convertirse en músico lo llevó a participar de todas las actividades artísticas de su escuela y hasta llegó a formar parte de la tuna, en la que tocaba guitarra y cantaba, gracias, en parte, al aliento de Misís Martínez, su inolvidable maestra de la escuela Ana Roque de Duprey.

Antes de cantar, Tito fue barbero. Y mientras estudiaba cantó rock and roll en inglés con el grupo The Amaral’s hasta que apareció en su vida el músico Pedro Conga y lo invitó a integrarse en su Orquesta Internacional, primero como corista de las grandes Estrellas de Fania y luego como cantante principal de la agrupación. De esa experiencia surge su primera producción discográfica en 1972, “Mima la pululera” con temas como “Guaguancó a Borinquen”, “Mucho control”, “Olvídate de mí”, “Tú perdida y yo gozando”, “Diadema de abrojos”, “La humanidad”, “Falsos rumores”, “Buscando fluidos” y “Obsesión”.
Cinco años más tarde, Tito se fue a trabajar con el famoso conjunto Borincuba del matancero Justo Betancourt, quien dos años después lo lanzó como cantante y le produjo los discos “Borincuba con amor: Presenta a Tito Rojas” (1978) y “Borincuba aquí” (1979).

De aquella experiencia armó, en 1980, el Conjunto Borincano con el que hizo varios discos para tres compañías discográficas distintas hasta que 1985 aceptó la invitación del músico Luisito Ayala para formar parte de la orquesta Puerto Rican Power, conformando un junte que alcanzó grandes niveles de popularidad dentro y fuera de la Isla, marcando una historia de lujo de la que se derivó una antología musical de primera.

De esa etapa son los éxitos “Quiéreme tal como soy”, “Amor de mentira”, “Noche de boda”, “Piel con piel”, “Amar no se puede apurar”, “No puedo prescindir de ti”, “Con ella”, “Sólo con un beso”, “A pesar de ti”, “Voy a ti, voy a mí”, “Ámame” y “Hoy te quiero cantar”.

Luego de la Puerto Rico Power llegó el periodo de desarrollo y consolidación de la carrera de Tito Rojas con la formación de su propia banda en 1990, que inicia con el lanzamiento del disco “Sensual”, cuyos temas se elevaron con una fuerza inusitada en el mercado de Puerto Rico, Latinoamérica, El Caribe y Estados Unidos. Así la lista de éxitos comenzó a abultarse con temas como “Nadie es eterno”, “Señora” y “Porque este amor”.

La discografía de Tito ha continuado creciendo hasta el día de hoy, ostentando casi medio centenar de discos que, si los observamos bien, filosofan sobre esa dualidad del sentir y del ser, del amor y el amado o la amada, siempre cargando un espléndido humor pueblerino que va a pasear en calesa o a deambular ebrio entre las sutilezas del romanticismo convertido en salsa, pero salsa de la buena.

 



Share this post

scroll to top